La rayuela

Acaban de mudarse y lo primero que lee Amandine al llegar a los soportales es un cartel que reza: «Prohibido jugar a la pelota dentro del recinto». Naturalmente, esto le provoca una mueca de disgusto en la cara.
Su madre se agacha para dejar la última maleta en el suelo, suspira y, junto a la rueda del coche, encuentra casualmente tiza. Aparta la maleta, mira a su hija, le sonríe y comienza a dibujar líneas en mitad la carretera. Amandine no entiende nada.
A medida que va trazando las rayas y los números de las diferentes casillas, la madre va explicando en voz alta: «Vas a ver. Esto, Amandine, es un juego muy antiguo, una rayuela. Mira, la primera casilla es la tierra; la última, el cielo. Se juega en todo el mundo, pero con distintos nombres y de diferente forma. Tu abuela lo llamaba testé. Solo necesitas cualquier piedra que encuentres en el camino, puntería, equilibrio y confianza en ti misma, con la esperanza de que al final vas a llegar a la última casilla. Puede que, conforme vayas avanzando, pierdas el equilibrio y te caigas una y otra vez. Puede que te entren ganas de abandonar el juego. Quizá no te dejen que te salgas de la raya. No importa. Recuerda que las líneas las dibujas tú. Levántate siempre porque así se aprende a caminar».
Una vez que ha terminado de dibujar la rayuela, la madre coge una pequeña piedra del suelo, la lanza a la primera casilla y pega tal salto con la pierna que le hace soltar un grito de admiración a su hija. Amandine sigue sin entender muy bien de qué trata este juego, pero junta las palmas y aplaude entusiasmada. Cuando le llega su turno, elige otra piedra y la arroja con tanta fuerza que rebota sobre el asfalto y sale rodando hasta llegar a la acera. Aprieta los dientes y retuerce la boca. Aun así, lo intenta de nuevo. Unas veces acierta; otras falla. De vez en cuando, tropieza y pisa sin querer algunas líneas de la rayuela.
Y así se van alternando los turnos y van pasando los años y la gente por la carretera. Las líneas del juego se desdibujan por el tiempo y otra mano las vuelve a trazar con firmeza. Pasan los niños, los mayores… Todos juegan a la rayuela.
Un día, cuando le toca de nuevo a Amandine, enfoca primero con la mirada, después cierra los ojos, lanza la piedra y, cuando los vuelve a abrir, ve que acaba de acertar sin darse cuenta en la última casilla del juego. Toca el cielo con las manos y suelta una carcajada que traspasa los confines del mundo conocido. Se va para su madre y la abraza.